Nuestra Luna

Publicado el 9 de abril de 2026, 16:01

Mis queridos amigos de Newton. Aquí su astrofísico de cabecera reportando las noticias que sí importan.

Muchas gracias por sus comentarios. En respuesta a una pregunta de Belinda y Jesús, hoy vamos a hablar de la Luna.

Vamos a hablar de cómo casi la perdemos antes de tenerla.

 

Hace 4,500 millones de años la Tierra no era este lugar bonito con atardeceres y playlist de Sabina.

Era un infierno líquido. Roca fundida. Impactos constantes. Caos. Y entonces apareció ella: Theia.

Un protoplaneta del tamaño de Marte. No venía a saludar. Venía a romper todo.

No chocó de frente. No fue limpio. Fue un golpe oblicuo, el tipo de impacto que no destruye pero lo cambia todo.

En ese instante parte de la Tierra se vaporizó. Theia dejó de existir como planeta y una lluvia de fuego salió disparada al espacio. Ese material

no se perdió. Se quedó orbitando, girando. Como si la gravedad dijera de aquí no te vas.

Y entonces pasó algo brutalmente elegante. El caos empezó a ordenarse. Ese anillo de escombros se fue juntando poco a poco hasta que nació algo nuevo.

No perfecta. No intacta. Pero nuestra: La Luna.

Aquí viene lo fino, lo que hace que esto no sea solo historia, sino poesía física. La Luna no es “hija de la Tierra” ni resto de Theia.

Es una mezcla. Un recuerdo solidificado de una colisión impensable. Por eso cuando la vemos, no estamos viendo un objeto allá arriba.

Estamos viendo un pedazo de lo que fuimos cuando todo era violencia.

 

Al inicio, la Luna sí rotaba más rápido sobre su eje. No siempre nos enseñaba la misma cara. Con el tiempo, hablo de millones de años, la

Luna empezó a girar cada vez más lento. Hasta llegar al punto donde el tiempo que tarda en girar sobre su eje es igual el tiempo que tarda en

orbitar la Tierra. Por eso siempre vemos la misma cara.

 

Ahora mírala esta noche. Blanca, tranquila, nostálgica. Como si siempre hubiera estado ahí. Nació del impacto más brutal que ha sufrido este planeta. Y aún así se quedó con nosotros. Como buena historia la belleza salió del desastre. Y, parafraseando a Balzac, va terminar como terminan las grandes pasiones. Con intensidad. ¡En esta ocasión, perdiéndola para siempre!