Mis queridos Amigos de Newton. Aquí su astrofísico de cabecera reportando las noticias que sí importan.
Durante más de 50 años no volvimos a mirar la Luna desde cerca. No fue porque no pudiéramos sino porque dejó de ser prioridad. Hasta ahora. La misión Artemis II no fue un espectáculo mediático para ir, tomarnos la foto y alardear. Fue algo mucho más serio. Fue una prueba. Como en esas historias donde el héroe regresa al lugar donde ya estuvo pero ya no es el mismo. Algo brutal que canta tan bien Joaquín Sabina: al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Porque ir a la Luna no es lo difícil. Lo difícil es regresar. Aquí surge siempre la pregunta inevitable: ¿Si ya podíamos ir hace 50 años, ¿por qué no volvimos? ¿Por qué no hacen una nave y ya? Suena lógico. Sin embargo son preguntas mal planteadas. No perdimos la tecnología. No se nos olvidó cómo ir a la Luna como si fuera la contraseña del WiFi. La respuesta es es más humana. Más cercana a una novela que a un manual de ingeniería, algo que Julio Cortázar habría disfrutado: las preguntas mal hechas suelen llevar a respuestas equivocadas. Después del programa Apolo, la Luna dejó de ser una meta urgente y volvió a ser lo que siempre fue. Un lugar caro. Ir a la Luna en los años 60 no fue solo ciencia, fue política, fue la Guerra Fría. Fue demostrar poder. Una historia escrita con prisa, como si alguien necesitara llegar al último capítulo antes que el otro. Y cuando eso se logró, cuando la foto ya estaba tomada, cuando la carrera se ganó el libro se cerró. Hay una razón que nadie quiere aceptar. Ir a la Luna cuesta una cantidad obscena de dinero. El programa Apolo llegó a consumir cerca del 4% del presupuesto federal de Estados Unidos. Hoy, la NASA recibe menos del 0.5%. Sabemos cómo hacerlo. Pero durante décadas nadie quiso pagar la factura.
Sobre la tecnología de Apolo. No era futurista. Era analógica, frágil. Diseñada para misiones puntuales y nada reutilizable. Era una hazaña. No un sistema. Era más parecido a una primera edición: brillante, única pero imposible de reproducir en masa sin rehacer todo desde cero. No podías ir cada año a placer. Tenías que reconstruir la historia completa cada vez.
El desarrollo de los transbordadores fue el primer intento de escribir una secuela sostenible. Ahora el objetivo ya no es llegar. Es quedarse. El programa Artemis no busca repetir Apolo. Busca algo más ambicioso, tener una presencia constante en la Luna, desarrollar una tecnología reutilizable y sobre todo usar la Luna como trampolín hacia Marte. Esto ya no es un cuento corto. Es el inicio de una novela de Proust. Cada vez que alguien sale de la Tierra regresa diciendo lo mismo. Que la frontera no está allá afuera. Que está aquí. En lo pequeños que somos y en lo absurdo de nuestro comportamiento. Como si el universo fuera una biblioteca infinita y nosotros apenas estuviéramos aprendiendo a leer. Aún así entendemos lo suficiente para no sentirnos completamente perdidos.
Artemis II no fue el clímax. Fue el ensayo. El primer capítulo. Las siguientes fases del programa Artemis intentarán algo más ambicioso: Volver a pisar la Luna. Pero esta vez no como visitantes. Sino como una especie que empieza a quedarse.
Porque al final, la pregunta nunca fue si podíamos regresar a la Luna. La pregunta era si seguíamos siendo capaces de intentarlo. Y la respuesta, después de Artemis II, es incómodamente clara. No es que hayamos perdido el camino a la Luna, es que apenas estamos empezando a entender por qué queremos volver. Y tal vez por eso, cuando todo termina, cuando la cápsula cae, cuando el silencio vuelve, cuando la Tierra aparece otra vez en la ventana, hace falta algo profundamente humano para cerrar el viaje.
Porque incluso allá arriba, donde no hay aire y el sonido no existe, seguimos llevándolo dentro. Como si en algún punto entre la órbita y el regreso, alguien pudiera tararear “Space Oddity” y recordar que esto nunca fue solo ingeniería y aceptar que siempre hubo algo más grande esperándonos. Y por primera vez en mucho tiempo parece que vamos a intentarlo de nuevo.
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