Mis queridos Amigos de Newton: Aquí su astrofísico de cabecera, reportando las noticias que sí importan.
El 4 de octubre de 1957, la humanidad lanzó una pequeña esfera metálica al espacio. El Sputnik se abrió paso por los cielos del mundo con su bip, bip, bip.
La palabra rusa sputnik significa “compañero de viaje”. Y eso era, un objeto que giraba alrededor de la Tierra, acompañando a nuestro planeta en su recorrido por el espacio.
Visto desde nuestra época, quizá no parecería gran cosa. Era una esfera de aluminio de apenas 58 centímetros de diámetro, aproximadamente del tamaño de una pelota grande de playa. Pesaba 83.6 kilogramos y llevaba cuatro largas antenas. No tenía cámaras, paneles solares ni computadora. Su equipo consistía en baterías, dos transmisores de radio y sensores para medir la temperatura y la presión en su interior.
Cada 98 minutos completaba una vuelta alrededor de la Tierra. Desde allá arriba transmitía una señal sencilla: un latido electrónico, un bip, bip, bip.
Los radioaficionados y las estaciones de seguimiento de distintos países podían escucharla. Era un sonido elemental, insignificante en sí mismo, pero cada bip contenía un mensaje mucho más poderoso: la humanidad había llegado al espacio.
Cuando tuve la oportunidad de visitar el National Air and Space Museum, en Washington, pude contemplar una réplica del Sputnik a escala real. Es la que aparece en la fotografía de este post.
El Sputnik fue lanzado por la Unión Soviética desde una base situada en el actual Kazajistán. El acontecimiento tomó por sorpresa a Estados Unidos y sacudió al mundo entero. En plena Guerra Fría, colocar un satélite en órbita no era solamente una hazaña científica: la Unión Soviética demostraba que poseía cohetes capaces de recorrer enormes distancias. De pronto, el cielo ya no parecía tan lejano ni tan inocente.
El lanzamiento dio el banderazo de salida a la carrera espacial. Estados Unidos aceleró sus programas científicos, aumentó la inversión en educación e investigación y, menos de un año después, nació la NASA. La competencia llevaría a los primeros seres humanos al espacio y, en 1969, a Neil Armstrong y Buzz Aldrin hasta la superficie de la Luna. Todo comenzó con aquel bip.
Las baterías químicas del Sputnik alcanzaron para poder transmitir durante aproximadamente tres semanas. Después, el satélite continuó orbitando en silencio hasta que, el 4 de enero de 1958, perdió altura y la atmósfera hizo lo suyo, se desintegró al entrar en ella. Su vida fue breve, pero su eco continúa hasta nuestros días.
Actualmente, miles de satélites rodean nuestro planeta. Gracias a ellos podemos conocer el estado del tiempo, utilizar el GPS, realizar llamadas, estudiar el universo, observar incendios, huracanes o enviar fotografías y memes de gatos al otro lado del mundo.
El Sputnik no viajó a otro planeta. No llevó astronautas ni tomó fotografías espectaculares. Ni siquiera permaneció mucho tiempo en el espacio. Sin embargo, antes de su lanzamiento solo habíamos contemplado el cielo desde abajo.
Desde aquella noche, por primera vez, algo construido por nuestras manos comenzó a contemplarnos desde arriba.
Entenderlo no la hace menos mágico.
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