Mis queridos Amigos de Newton. Aquí su astrofísico de cabecera reportando las noticias que sí importan. Muchas gracias por sus
comentarios y preguntas. Mi agradecimiento a Fernando Galarza por sus preguntas y por la pasión que compartimos por el universo.
Hoy no vamos a hablar del Artemis II, ni de volver a la luna ni de velocidades que rompen nuestra comprensión. Hoy vamos a hablar de una
palabra. Una palabra que cruzó el espacio antes que nosotros. Una palabra que no mide kilómetros, una palabra que mide carácter:
Perseverance.
Perseverance es el nombre del último Rover que mandó la NASA a Marte. El 30 de julio de 2020 despegó de cabo cañaveral. Se aprovechó
una ventana de lanzamiento a Marte, sino era en esa fecha debían esperar 2 años más. El espacio también tiene horarios y no perdona la
impuntualidad. Hay casos, como cuando lanzaron las Voyager, que se deben aprovechar las alineaciones de los planetas, en ese caso
específico era una ventana que sólo se repite cada 176 años, por cierto, luego seguiremos platicando de esa mítica sonda que para mí es una
de las más importantes, no exagero al decir que la llevo tatuada y que no me deja de impresionar cada vez que leo algo sobre ella. En el caso
del Perseverence se debía esperar a que Marte y la tierra estuvieran muy cerca para que pudiera ser un viaje de 7 meses, así se ahorró
combustible y tiempo. Perseverance podrá no ser una palabra elegante para un nombre propio, no es poético en el sentido clásico. No tiene la
belleza de “Odyssey” ni la épica de “Voyager” pero tiene un tinte muy humano.
Para nombrar a la sonda la NASA abrió en su página una convocatoria donde postulaban algunos nombres sugeridos. Ahí entramos los
aficionados para sentirnos parte de la misión. Cooperamos votando por los nombres que nos hacían ruido en la cabeza y con la ilusión, muy
ingenua y muy hermosa, de que, si fuera escogido, podríamos comentar sobre cómo ayudamos a la NASA a nombrar la sonda y ser parte de
algo gigantesco. Por cierto, la foto del post es el recuerdo de que sí voté por el nombre ganador. Lo atesoro como guardar un boleto de
concierto, tal como guardo los boletos de entrada cuando fui a ver a Paul McCartney, sabiendo que no estuve en el escenario, pero sí en el
momento en que sucedió.
Recuerdo que se transmitió en vivo, por decirlo de alguna forma, tomando en cuenta que había un desfase de 20 minutos
aproximadamente. Lo que tardan las ondas de radio viajando a la velocidad de la luz entre los dos planetas. En esa ocasión vi con mi familia
la transmisión de la NASA, algo similar a la del Artemis II. La emoción de cómo la tecnología humana lograba paso a paso el proceso de llevar
otro Rover a Marte. Cuando confirmaba con fotos cada paso. Cuando Percy, apodo cariñoso para el Perseverance, dio señal de vida,
comprobando que amartizó correctamente y estaba listo para recibir instrucciones del laboratorio de propulsión a chorro (JPL, ubicado en La
Cañada Flintrige, cerca de Los Angeles, USA), fue una experiencia muy emocionante.
Llegar a Marte no es una hazaña de inteligencia. Es una hazaña de insistencia. Ese rover que hoy recorre el cráter Jezero no está ahí porque
supimos cómo hacerlo desde el principio. Está ahí porque fallamos y fallamos y volvimos a intentar. Porque calculamos mal y fallamos y
corregimos. Porque nos estrellamos y aprendimos de eso. Porque no nos rendimos. Perseverance aterrizó en un lugar que alguna vez fue un
lago. Un sitio donde el agua, ya ven que tenemos esa obsesión cósmica de buscar agua, dejó huellas en forma de delta, sedimentos, de
historia comprimida en roca. Y ahí está, taladrando el pasado.
No buscando vida como en las películas. Buscando rastros más sutiles. Explorando la posibilidad de que la vida no sea especial. La
posibilidad de que no seamos únicos. Y mientras lo hace, guarda muestras. Pequeños cilindros de polvo y piedra que, en unos años, podrían
regresar a la Tierra. Hay que imaginar por un momento. Rocas de otro planeta en nuestras manos. Eso es una locura. La historia petrificada
de otro mundo en nuestros laboratorios. Comparto esa pasión de asombro con mi buen amigo Alain Estrello, no solo de los logros
tecnológicos espaciales, sino de sorprendernos cuando admiramos hasta monedas romanas, ptolomeicas, es impresionante tener en la
mano algo que fue acuñado hace 2000 años. Ahora pensar en tener rocas marcianas en las manos. Es algo que mucho tiempo fue
impensable, me emociona mucho esa idea.
Eso ya no es ciencia ficción. Eso ya empezó. Y como si fuera poco, Perseverance no llegó solo. Trajo consigo un pequeño gran acto de
rebeldía científica: un helicóptero. El Ingenuity. Sí, !Un helicóptero! Un objeto que hizo lo que hace apenas unas décadas sonaba absurdo: volar
en otro planeta. Como los hermanos Wright pero en Marte. En un aire más delgado, con otra densidad, con otra gravedad. Esto es un reto más
difícil. Eso sí. La misma terquedad. Porque eso somos. Unos tercos. Una especie que le encanta buscar patrones, incluso donde no hay. Una
especie que no se define por lo que sabe sino por lo que insiste. Por eso al ser un nombre que no fue elegido en un comité encerrado en una
sala. Que lo eligieron personas como tú y como yo. Personas que, sin traje espacial, sin entrenamiento, sin estar en Houston decidimos
apostar por una idea. Por una palabra. Y hoy, cada vez que alguien dice: “Perseverance encontró algo en Marte” ahí estamos esas personas
de a pie. Invisibles a la ciencia, pero presentes. Explorar el universo nunca ha sido tarea de unos cuantos genios.
Siempre ha sido un acto colectivo de fe racional. Creer que vale la pena mirar, creer que vale la pena intentar. Creer que, aunque fallemos
siempre nosotros lo intentamos. Volvemos a la Luna. Vamos a Marte. Mandamos sondas fuera del sistema solar, mandamos sondas a
Saturno, tocamos asteroides. Regresamos a los lugares donde alguna vez fuimos imposibles. Porque no sabemos hacer otra cosa. Hay una
reflexión del Dr. Miguel Alcubierre donde comenta que como especie, es nuestra responsabilidad buscar la vida y si no la encontramos fuera,
es nuestra responsabilidad no permitir que se extinga aquí en la tierra. Porque la tierra, nos guste o no, queramos o no, tiene fecha de
caducidad. Porque somos, en el fondo, una especie profundamente terca. Y menos mal. Porque si el universo tiene algún secreto que valga la
pena, estoy seguro que no se lo va a revelar a los que se rinden.
¡Gracias por tus comentarios!
Añadir comentario
Comentarios
Aquí un aficionado más maravillándose del universo.
...gracias por la mención.