Mis queridos Amigos de Newton. Aquí su astrofísico de cabecera reportando las noticias que sí importan.
Hace poco me invitaron a un programa de televisión local para platicar sobre la Zona del Silencio. Me quedó claro que siguen circulando muchos mitos sobre este fascinante lugar.
Se encuentra a unas cuantas horas de Torreón, en el Bolsón de Mapimí, es una extensa región del norte de México, justo donde se tocan Coahuila, Durango y Chihuahua, estados que comparten la zona.
Los laguneros hemos escuchado muchas historias sobre ella. Nos han contado que las brújulas se vuelven locas, que los radios dejan de funcionar, que caen más meteoritos que en otros lugares y que existe una extraña concentración de energía y magnetismo. Y, por supuesto, algo que nunca puede faltar es que los extraterrestres tienen algo que ver.
Estas historias nos emocionan. Cuando alguien las cuenta con suficiente entusiasmo, casi podemos jurar que todo ocurrió exactamente así. Sin embargo, esas excelentes historias y una explicación científicamente comprobada son cosas distintas.
Para quienes crecimos escuchando hablar del lugar, nuestro referente es el ingeniero Harry de la Peña, a quien tuve el privilegio de escuchar durante mi paso por la Universidad Iberoamericana Torreón. Su nombre está estrechamente ligado a la difusión de la Zona del Silencio. Incluso se le atribuye a él su nombre. La misma universidad publicó un libro sobre él, Harry de la Peña, su valer y sus valores, que, por cierto, todavía no he leído.
Uno de los relatos más difundidos atribuye el origen del nombre a los problemas de comunicación por radio que habría experimentado durante sus exploraciones en la región. Es importante distinguir entre el relato de una falla y la demostración de una anomalía física. Que un radio deje de funcionar no es suficiente evidencia para concluir que estamos ante un fenómeno desconocido. Investigadores han ido a revisar y no encontraron ningún magnetismo extraordinario.
Después ocurrió algo que sí está documentado y que ayudó a alimentar la leyenda. El 11 de julio de 1970, un cohete estadounidense de pruebas Athena, lanzado desde Utah con destino al campo de pruebas de White Sands, en Nuevo México, se desvió y cayó en el desierto de Mapimí. El cohete transportaba dos pequeños contenedores de cobalto-57, un isótopo radiactivo. El accidente dio lugar a un operativo de búsqueda y recuperación coordinado entre ambos países.
El cohete extraviado, el material radiactivo y el personal estadounidense buscando sus restos en el desierto son los ingredientes perfectos para que nuestra imaginación hiciera el resto.
¿Qué sabemos realmente sobre las supuestas propiedades del lugar?
No hay evidencia científica sólida que respalde la existencia de una franja donde las comunicaciones se pierdan o que las brújulas no funcionen correctamente por una causa extraordinaria. Tampoco es suficiente encontrar meteoritos para demostrar que allí caen más que en otras regiones, se deben comparar registros, superficies y condiciones de búsqueda. Por cierto les recomiendo llevar un detector de metales para buscar meteoritos.
Con la biodiversidad es diferente. Esa riqueza sí está documentada. La Reserva de la Biosfera Mapimí protege ecosistemas del desierto chihuahuense y especies endémicas como la tortuga del Bolsón.
Y por otro lado también está el cielo. Lejos de las luces de la ciudad, en una noche despejada y sin Luna, la Vía Láctea puede verse a simple vista, me consta. También resulta más fácil distinguir meteoritos, esas estelas luminosas que llamamos estrellas fugaces. Lo que sucede aquí es que gracias a la oscuridad podemos ver más, eso no significa que allí estén cayendo más objetos del espacio.
Acompaño este texto con algunas fotografías que capté durante mi última visita, hace cinco años. Por ahí saluda Farah, mi hija más pequeña.
Recuerdo el paisaje, la amplitud del horizonte y esa sensación de estar en un sitio donde la naturaleza todavía tiene espacio para dejarnos callados.
La Zona del Silencio no necesita extraterrestres ni campos de energía misteriosos para ser fascinante. La realidad del desierto ya es suficientemente extraordinaria.
Entender no lo hace menos mágico.
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