El gato negro: cuando no siempre es de mala suerte toparte con uno

Publicado el 4 de octubre de 2026, 12:03

Mis queridos Amigos de Newton. Aquí su astrofísico de cabecera reportando las noticias que sí importan.

La música siempre ha sido una parte fundamental para mí. No podría concebir mi vida sin ella. Suena a cliché, pero la música que he escuchado y disfrutado en cada etapa me ha dejado una marca indeleble. Basta escuchar Summer of ’69, de Bryan Adams, para regresar a mis años de secundaria. Recuerdo esa parte cuando canta “Those were the best days of my life”, y viajo a ese tiempo, de repente me encuentro  entre amigos, canciones y esa sensación de comenzar a sentirme libre. Fue también por aquellos días cuando descubrí la literatura.

Ya les había contado que entonces pasaba buena parte de mis tardes viendo MTV y Discovery Channel. En este último escuché una idea de Einstein que se instaló en mi disco duro “No hay nada más hermoso que lo misterioso, de ahí surgen el arte y la ciencia verdadera”.

En aquel momento creía ingenuamente, por no decir otra cosa, que Einstein se refería a algo paranormal. Desde pequeño me han fascinado esos temas, sobre todo por el gusto de intentar encontrarles una explicación. Años después, cuando mi hija Paula era pequeña, pasábamos tardes enteras viendo programas sobre fenómenos supuestamente inexplicables y tratando de encontrar respuestas de qué pasaba realmente en esos programas, buscar explicaciones reales. Pero el misterio también me esperaba entre las páginas de un libro.

Recuerdo que un día, al salir de clases, fui a casa de una gran amiga de entonces, Malú Pavón. Me tocó esperarla mientras se alistaba y en la sala habían varios libros. Me puse a husmear y encontré uno de Edgar Allan Poe. Había escuchado su nombre, pero nunca había leído nada suyo. Revisé el índice y un título me llamó la atención: “El gato negro”.

Comencé a leerlo mientras esperaba a Malú. El cuento me atrapó. No podía dejar de leerlo. Cuando terminé, estaba asombrado, acababa de descubrir que también se podía transmitir el misterio y el terror con palabras. Alguien había escrito aquel cuento muchos años antes de que yo naciera y, sin embargo, había conseguido inquietarme en la sala de una casa, una tarde cualquiera. Para mí fue una revelación.

Ahí comenzaron mis intentos de escribir cuentos de terror. Por suerte, no conservo ninguno. Eran verdaderamente terroríficos, aunque no por las razones que yo pretendía.

Mi primer acercamiento a la literatura fue así, con un cuento de Poe, mucha curiosidad y ningún olfato literario. Después comencé a leer cuanto me interesaba. No sabía distinguir entre géneros ni tenía criterios para elegir, me guiaba por las ganas de descubrir qué había en la siguiente página.

Con el tiempo, mis intereses se inclinaron hacia la tecnología y hacia el espacio. Ya en la carrera tuve el privilegio de encontrar a un profesor como Jaime Muñoz Vargas, a quien hoy puedo presumir como un gran amigo. En su taller literario conocí a personas que disfrutaban la belleza de las palabras y encontré amigos entrañables con quienes pude compartir lecturas, intentos de cuentos y de poemas.

Aquel día fui a casa de Malú a esperar a una amiga. Sin saberlo, también estaba por encontrar una forma de asombro que me acompañaría el resto de la vida.

Hoy me doy cuenta que no siempre es de mala suerte encontrarte con un gato negro.

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Comentarios

José A. De la Fuente
hace 4 días

Excelente