Mis queridos Amigos de Newton. Aquí su astrofísico de cabecera, reportando las noticias que sí importan.
Cuando estudiaba la secundaria, pasaba buena parte de mis tardes viendo MTV y Discovery Channel. Eran mis pasatiempos favoritos. De cuatro a siete yo era el rey absoluto del control remoto en la sala, hasta que llegaba mi papá. Ahí pasaba las horas sin preocupaciones y sin tener la más remota idea de lo que significaba la vida adulta.
Los documentales de Discovery Channel acaparaban mi atención. También transmitían cápsulas con frases de científicos, divulgadores y artistas. Una vez escuché una cita de Vincent van Gogh que se me quedó grabada: “Siento una terrible necesidad, diré la palabra religión. Entonces salgo de noche y pinto las estrellas”.
Desde entonces me fascinó Van Gogh y su obra. Cuando tuve la oportunidad de visitar París, fui al Museo de Orsay y pasé horas emocionado frente a sus pinturas. Algo que me llena de orgullo es haberle contagiado esa pasión a mi hija Paula. Cuando ella viajó a Nueva York, buscó La noche estrellada en el Museo de Arte Moderno, el MoMA, y se detuvo a contemplarla. Me trajo una bella litografía que todavía cuelga enmarcada en nuestra casa y que aparece en este post.
Hoy, al recordar aquella frase, pienso que es una forma hermosa de decir que el asombro puede ser una experiencia espiritual.
Una noche miramos el cielo y nos preguntamos qué son esas luces colgadas en la oscuridad. La ciencia nos responde con telescopios, matemáticas y una paciencia formidable. Nos habla de estrellas, de distancias difíciles de imaginar y de luz que ha viajado durante años, siglos o millones de años para llegar a nuestros ojos.
Pero bajo ese mismo cielo puede surgir otra pregunta: ¿qué significa para mí estar aquí, mirando todo esto? Para responderla no basta con apuntar un telescopio más grande. Ni siquiera con el James Webb.
A veces se presenta la fe y la ciencia como si hubiera que subirlas a un ring. Plantear su relación como una competencia nunca termina bien. La ciencia busca pruebas y debe estar dispuesta a corregirse. La fe se pregunta por el sentido y la trascendencia. Ambas forman parte de nuestra experiencia humana, aunque no respondan las mismas preguntas. Para mí, creer es en gran medida una decisión. Es una manera de vivir con esas preguntas que ningún telescopio puede resolver por mí.
Conocer la edad de una estrella no me impide emocionarme al verla. Saber cómo se formó la Luna no hace menos conmovedor compartirla con alguien a quien quiero. Entender no lo hace menos mágico.
Quizá nunca dejemos de hacernos preguntas al mirar hacia arriba. Y qué bueno. El universo sigue siendo un lugar inmenso para nuestra curiosidad y para nuestra capacidad de maravillarnos.
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