Mis queridos Amigos de Newton. Aquí su astrofísico de cabecera reportando las noticias que sí importan.
Estamos acostumbrados a mirar hacia arriba para encontrar motivos de asombro. Pero esta vez hay que poner atención en otra dirección. Bajo nuestras calles, nuestras casas y nuestros pasos también están ocurriendo procesos que merecen nuestra atención.
De acuerdo con una nota publicada por Latinus el 12 de octubre de 2026, Torreón registra un hundimiento de aproximadamente 17 milímetros al año. Apenas 1.7 centímetros. Una cifra que parece pequeña, hasta que recordamos que las ciudades se construyen para permanecer en pie durante muchas décadas.
La noticia me dejó una pregunta inquietante: ¿qué está sucediendo bajo nuestros pies?
Busqué la investigación en la que se basó la nota y revisé la información publicada por sus responsables. El artículo, titulado A global view of urban land subsidence and its changing trajectories, apareció en la revista Nature Cities. Sus investigadores analizaron datos satelitales de 465 ciudades, en 107 países, correspondientes al periodo de 2014 a 2023.
Esto no significa que cada colonia, cada calle y cada casa bajen exactamente lo mismo. Tampoco se trata de una medición realizada ayer. Es una estimación obtenida a partir de varios años de observación. Los autores advierten que sus resultados describen movimientos locales relativos del terreno.
El fenómeno se llama subsidencia. Una de sus principales causas es la extracción de agua subterránea. Para entender ese mecanismo, debemos hablar de lo que ocurre dentro del suelo.
Cuando pensamos en un acuífero, solemos imaginar un enorme lago subterráneo. Sin embargo, buena parte del agua se almacena en los poros de los sedimentos y en las fracturas de las rocas. En los sedimentos saturados, esos pequeños espacios están completamente llenos de agua.
La presión de esa agua comparte con la estructura del terreno la tarea de soportar el peso que tienen encima. Al bombear agua y reducir esa presión, una mayor parte de la carga pasa a los contactos entre las partículas.
Las capas más compresibles, especialmente las de limos y arcillas, pueden entonces consolidarse, es decir, expulsan agua lentamente, sus partículas se reorganizan y disminuye su espesor. La superficie que está arriba desciende con ellas. Para imaginarlo, pensemos en una esponja empapada que se comprime y pierde agua.
Lo preocupante es que, cuando esa compresión supera ciertos límites, parte de la deformación puede ser permanente. Recuperar el nivel del agua no garantiza que el terreno vuelva a su posición original. Además, la reducción de los poros puede disminuir la capacidad del sistema acuífero para almacenar agua.
Existe también un estudio mexicano publicado en Natural Hazards, con participación de investigadores de la UNAM. Allí se reporta una velocidad máxima local de hundimiento de 14.3 centímetros al año en La Partida, Coahuila, a partir de observaciones de 2018 a 2019. Es una cifra mucho mayor que la difundida para Torreón, pero corresponde a un máximo local y a una investigación con otra cobertura y otro periodo.
La noticia abre una conversación necesaria sobre cómo usamos el agua y cómo construimos nuestra ciudad. Necesitamos conocer las zonas que se están deformando, mantener su vigilancia y tomar decisiones con esos datos.
A veces, comprender el mundo exige mirar galaxias a millones de años luz. Otras veces basta con preguntarnos qué sostiene el suelo donde estamos parados.
También ahí, bajo nuestros pies, la física está trabajando.
Fuentes consultadas:
Latinus: nota sobre el hundimiento de Torreón.
Nature Cities: estudio global de subsidencia urbana.
Springer Nature: comunicado de resultados.
Natural Hazards: estudio de subsidencia en México.
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