Mis queridos amigos de Newton. Aquí su astrofísico de cabecera reportando las noticias que sí importan.
La historia es también una de mis grandes pasiones. Conocer nuestro pasado, saber de dónde venimos y descubrir los lugares donde sucedieron las cosas son inquietudes que siempre han despertado mi curiosidad.
Por eso, además de mirar hacia las estrellas, de vez en cuando volveremos la mirada al pasado para compartirles algunas historias y datos que me parecen fascinantes.
La primera vez que escuché hablar sobre Lecumberri fue cuando estudiaba la carrera. Después de una plática sobre el 2 de octubre del 68, que invariablemente no se olvida, cayó en mis manos aquel famoso libro de Elena Poniatowska, La noche de Tlatelolco. Las descripciones del lugar y los testimonios de lo que habían vivido los estudiantes durante aquella infame noche de 1968 me llevaron a investigar sobre ese sitio incómodo de nuestra historia.
Lecumberri, también conocido como el Palacio Negro, abrió sus puertas en 1900, durante el gobierno de Porfirio Díaz, con la intención de ser una de las cárceles más modernas de Latinoamérica. La promesa de modernidad terminaría conviviendo con la sobrepoblación, la violencia y la represión política. Una sucursal del sufrimiento y la desesperanza.
En 2025 tuve la oportunidad de visitarlo. Hoy el edificio alberga al Archivo General de la Nación, donde se resguarda buena parte de la memoria documental de nuestro país. Entré sabiendo que iba a conocer un archivo, pero también que estaba caminando por una antigua prisión, un lugar donde la esperanza llegó a desaparecer entre los que lo habitaron. Eso cambia la manera de mirar sus pasillos.
Estas paredes mantuvieron encerradas a miles de personas por motivos muy distintos. Entre ellas estuvo Gregorio Cárdenas, mejor conocido como Goyo Cárdenas, el Estrangulador de Tacuba, uno de los asesinos seriales más conocidos de México.
Un personaje bastante peculiar y querido pese a los actos monstruosos que cometió y su intento de fuga.
También estuvo David Alfaro Siqueiros, muralista extraordinario y militante político, quien continuó pintando durante su encarcelamiento. Aún se conserva una de sus obras en un formato bastante sui géneris, una escenografía para una obra de arte presentada ahí. Es difícil imaginar cómo se trabaja con el color cuando la vida cotidiana transcurre detrás de las rejas. Eso nos dice que el cuerpo puede estar encerrado pero el alma puede hacernos florecer en cualquier situación.
José Revueltas, nuestro escritor duranguense, fue otro de sus presos. Durante su encierro escribió El apando, publicado en 1969, una obra breve y estremecedora sobre la degradación humana y la vida dentro de la prisión. Revueltas conoció desde adentro el terror de sobrevivir en aquel lugar, una experiencia que transformó su vida para siempre.
También pasó por ahí Alberto Aguilera Valadez. Lo conocemos mejor como Juan Gabriel. Antes de que sus canciones formaran parte de nuestra memoria sentimental, el futuro Divo de Juárez conoció el encierro en Lecumberri, acusado de un robo.
Por sus crujías pasó también el escritor colombiano Álvaro Mutis. De aquella experiencia surgió Diario de Lecumberri, una obra en la que transformó el mundo de la prisión en literatura. A veces algunos libros que leemos cómodamente en nuestra casa nacieron en lugares donde la comodidad era apenas un vago recuerdo.
Fueron muchas las personas que recorrieron aquellos pasillos por encabezar luchas sociales. Sus historias nos recuerdan que para terminar en aquella prisión bastaba con exigir derechos y enfrentarse al poder.
A esa lista se suman Heberto Castillo, ingeniero y activista, y Luis González de Alba, dirigente estudiantil y escritor, encarcelados por su participación en el movimiento de 1968. Entre aquellas paredes hubo personas que cometieron atrocidades y otras que defendieron sus ideas. En Lecumberri compartir la prisión no significaba compartir culpas.
¿Cómo olvidar, además, la noche del 22 de febrero de 1913, cuando Francisco I. Madero y José María Pino Suárez fueron asesinados a espaldas de aquel Palacio Negro? La historia del lugar también está marcada por ese crimen, consumado tras el golpe de Estado de Victoriano Huerta.
Entre los relatos asociados con Lecumberri está el de la crujía J, donde se señala que eran segregados los presos homosexuales. Una versión muy difundida atribuye a esa letra el origen del insulto “joto”.
Todo lo ocurrido vuelve muy inquietante a Lecumberri. Al recorrerlo me hubiera gustado saber quién ocupó cada espacio, cuánto tiempo estuvo ahí y qué ocurrió cuando finalmente salió. O si alguna vez pudo hacerlo.
El recinto también ofrece recorridos nocturnos. Ha de ser una experiencia muy diferente caminar por esos pasillos cuando cae la noche. Aunque para quienes hoy lo visitamos hay una diferencia enorme: sabemos que al terminar el recorrido podremos salir.
Estamos acostumbrados a buscar la historia en los libros, pero a veces también podemos recorrerla donde sucedió. Hoy Lecumberri resguarda documentos que nos ayudan a entender México. Sus muros también tienen memoria de ese pasado.
Una historia que conviene seguir leyendo para no repetirla jamás.
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