Giordano Bruno: Cuando yo también imaginé otros mundos.

Publicado el 7 de junio de 2026, 11:21


Mis queridos Amigos de Newton.

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Como siempre les agradezco enormemente su apoyo. Les recuerdo que  hasta el viernes 12 de Junio podrán suscribirse para participar en la rifa gratis de un telescopio y un termo personalizado de La Insoportable Precisión del Universo

 

En esta cápsula le mando un gran abrazo a mi amigo Rómulo Ruiz y se la dedico con mucho cariño y respeto. Sé que él tiene en el cielo una estrella que brilla más que todas. 

 

Recuerdo que desde niño tuve una fascinación por voltear a ver las estrellas. Mis papás me regañaban por subirme a la azotea de nuestra casa y quedarme horas viendo el cielo. A veces pensaba que si el sol era una estrella, las otras estrellas que veía podrían tener planetas. Y me explicaba a mí mismo que las estrellas, cuando parpadeaban o tiritan, así lo escribiría Pablo Neruda. Era porque un planeta pasaba por ahí. Yo me imaginaba otros mundos. No sabía nada de ciencia. Esas explicaciones me las daba yo sin ningún fundamento científico, solo porque lo creía probable. Así no funciona la ciencia. Pero creo que es el principio para hacer las preguntas correctas y nutrir nuestra curiosidad.

 

Amigos, hay personas que cambian la historia con sus descubrimientos, otras la cambian simplemente por atreverse a pensar diferente. Giordano Bruno fue una de ellas. Hoy quiero platicarles de él.

 

Nació en 1548 en Nola, cerca de Nápoles en Italia en el entonces reino de Nápoles. De joven ingresó a la orden de los dominicos. Destacó por su inteligencia y curiosidad, tenía una costumbre que casi nunca termina bien en cualquier época: hacer demasiadas preguntas.

 

En aquellos años, la mayoría de las personas todavía creía que la Tierra ocupaba el centro del universo. Aunque Nicolás Copérnico ya había propuesto que los planetas giraban alrededor del Sol, la idea seguía siendo muy controvertida.

 

Bruno fue más lejos. Muchísimo más lejos. Propuso que las estrellas que vemos en el cielo eran otros soles. Y que alrededor de muchas de ellas podrían existir otros mundos. No hablaba de unos cuantos planetas. Hablaba de un universo infinito, lleno de sistemas solares y de vida.

 

Imaginen por un momento lo radical que sonaba eso en el siglo XVI. Mientras la mayoría discutía la posición de la Tierra, Bruno imaginaba miles de millones de mundos.

 

Desgraciadamente Bruno no tenía telescopios, ni tenía pruebas experimentales. Solo tenía una imaginación extraordinaria y, eso sí, una valentía enorme de seguir las consecuencias de sus ideas.

 

Algo que a mí siempre me ha sorprendido es que, para él, un Dios infinitamente poderoso e infinitamente grande no podía limitarse a crear un solo mundo habitable. Por lo que su creación tendría que ser infinita. Para él, Dios no era el viejo bonachón de barba blanca sentado en un trono de oro flotando sobre las nubes, sino que era el universo mismo. La divinidad permeaba la esencia de toda la materia.

Sus opiniones religiosas y filosóficas también chocaron con las autoridades de la época. Tras años de juicios y encarcelamiento, fue condenado por la Inquisición.

 

Tenía 52 años cuando fue ejecutado el 17 de febrero de 1600 en Campo de’ Fiori en Roma. Por cierto, hoy se erige una estatua en su honor y su nombre está ligado por siempre al librepensamiento.

 

Giordano Bruno no fue un santo ni un científico moderno. Fue algo quizá más incómodo para su tiempo. Era un hombre que se atrevió a imaginar un universo mucho más grande de lo que su época estaba dispuesta a aceptar.

 

Es importante recordar que Bruno no fue condenado por descubrir científicamente que existían otros mundos. No tenía evidencia para demostrarlo. Su conflicto fue principalmente teológico y filosófico.

Ya con el paso de los siglos, se convirtió en un símbolo de la libertad de pensamiento y de la búsqueda del conocimiento frente al dogma.

 

Lo asombroso es que hoy sabemos que, en parte, su intuición apuntaba en la dirección correcta. Hemos descubierto miles de exoplanetas orbitando otras estrellas. Sabemos que el Sol es solo una estrella entre cientos de miles de millones en nuestra galaxia y que existen cientos de miles de millones de galaxias más.

 

El universo resultó ser mucho más grande de lo que casi cualquiera podía imaginar en 1600. Cada vez que le echamos un ojo nos damos cuenta que es más grande. Incluso más grande de lo que imaginó Bruno.

 

A veces la historia recuerda a quienes tuvieron razón. Su nombre vive hoy en un cráter lunar llamado Giordano Bruno. También hay un asteroide descubierto en 1997 llamado “Cenaceneri” (La cena de las cenizas), como el título de uno de sus libros. 

 

Otras veces la historia recuerda a quienes se atrevieron a formular preguntas que nadie más se animaba a hacer. Giordano Bruno no pudo ver exoplanetas con telescopios espaciales pero imaginó un universo inmenso, poblado por innumerables mundos cuando casi todos pensaban que la Tierra ocupaba el centro de todo.

 

Creo que por eso sigo mirando el

cielo por las noches. Asombrándome de lo mucho que hay allá afuera y de lo poco que entendemos acá abajo. 

 

Cuatro siglos después, el universo sigue dándonos una cura de humildad. Como diría mi amigo Daniel Lomas, el universo resulta ser más grande de lo que creemos, más extraño de lo que imaginamos y mucho más vasto de lo que pudimos soñar.

 

Algunas ideas parecen imposibles hasta que el universo nos vuelve a humillar demostrando que eran demasiado pequeñas.

 

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Comentarios

Claudia Angélica Anaya Chávez
hace una hora

Interesante saber sobre Giordano Bruno!! Gran abrazo para Romulo Ruiz.