Margaret Hamilton: La mujer que llevó al Apolo 11 a la Luna

Publicado el 4 de julio de 2026, 10:45



Mis queridos Amigos de Newton, aquí su astrofísico de cabecera reportando las noticias que sí importan.

Hoy continuamos nuestra serie sobre Cinco mujeres que transformaron nuestra forma de ver el Universo. En esta ocasión platicaremos de una gran programadora: Margaret Hamilton.

Cuando estudié primero de secundaria en el Colegio Cervantes de Torreón, Coahuila, mi generación fue la primera en recibir clases de computación. El ingeniero Jaime Méndez Vigatá, a quien le mando un gran abrazo con mucho cariño, tuvo la visión de apostar por la educación en esta área, impulsando la construcción de lo que se llamaría C.E.C., el Centro Electrónico de Cálculo.

Nuestro primer profesor fue Yomel L. Estrada, quien, con una forma muy amigable de enseñar, nos introdujo al mundo de la programación utilizando el lenguaje Turbo Pascal. Para mí fue una experiencia inolvidable. Acercarme por primera vez a una computadora y descubrir que podía darle instrucciones para crear un programa despertó un asombro que nunca me abandonó.

Sentarme frente a aquellas computadoras IBM 8086 y comprobar que, con unas cuantas líneas de código, podía hacer que una máquina obedeciera exactamente lo que yo le indicara. De pronto entendí que la programación no consistía únicamente en escribir instrucciones, era una forma completamente nueva de pensar.

Con el tiempo descubrí que programar no era una competencia contra la computadora. Ella siempre haría exactamente lo que yo le dijera, incluso si estaba equivocado. El verdadero desafío era contra mí mismo, aprender a pensar con claridad, encontrar mis propios errores, ser paciente y construir soluciones paso a paso. Eso me dejó aquellas primeras clases de programación.

Recuerdo que mi ahora compadre Toño Carrillo y yo, fuimos elegidos para representar al colegio en un concurso organizado por el Tec de Monterrey. Toño presentó una animación sobre la comunicación entre los modems. Yo presenté un piano-teclado. Programé que se dibujara el teclado de un piano en la pantalla. Y asigné números a las teclas, al pulsar 1 sonaba Do, y así sucesivamente. También tenía la opción de reproducir en 8 bits grandes éxitos como, La cucaracha, Pajaritos a volar y el solo Swet Child O´Mine de Guns n´roses, el intro. Fue una experiencia muy padre para esa edad. Cuando imprimíamos el código del programa salían muchísimas hojas, en ese programa en específico salieron más de 40 cuartillas, para mí una inmensidad. Ahí venían los pasos específicos que hacían posible el funcionamiento del programa.

Cuando pensamos en la llegada del Apolo 11 a la Luna, solemos imaginar los cohetes, los astronautas caminando sobre el polvo lunar o la famosa frase de Neil Armstrong. Pero pocas veces pensamos en las miles de líneas de código que hicieron posible que todo aquello ocurriera. Detrás de ese software estaba Margaret Hamilton, una mujer extraordinaria.

Margaret nació en Estados Unidos en 1936. Estudió matemáticas y muy pronto comenzó a trabajar en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), donde dirigió el equipo encargado de desarrollar el software de navegación de las misiones Apolo.

En aquella época, programar computadoras era un territorio completamente nuevo. De hecho, muchos ni siquiera consideraban que desarrollar software fuera una verdadera ingeniería. Margaret defendió lo contrario. Estableció métodos rigurosos para diseñar programas seguros y confiables, y ayudó a popularizar el término ingeniería de software.

Su momento más importante llegó el 20 de julio de 1969. Mientras el módulo lunar descendía hacia la superficie de la Luna, la computadora comenzó a emitir las famosas alarmas 1201 y 1202. El sistema estaba recibiendo más información de la que podía procesar y cualquier error podía obligar a cancelar el alunizaje.

El software que Margaret y su equipo habían diseñado era extraordinariamente inteligente. En lugar de bloquearse, descartó automáticamente las tareas menos importantes y concentró toda su capacidad en las funciones esenciales para aterrizar. Eso, amigos, es una genialidad.

Gracias a esa decisión de diseño, la computadora siguió funcionando y la misión pudo continuar. Minutos después, la humanidad escuchó una de las frases más famosas de la historia: “Houston, aquí Base Tranquilidad. El Águila ha aterrizado.”

Existe una fotografía que se volvió un símbolo de la exploración espacial. En ella aparece Margaret Hamilton de pie junto a una enorme pila de hojas impresas. No son libros. Es el código fuente del software del programa Apolo. Por eso me fascina la foto de este post, me recuerda mi pequeño gran logro en la programación, se lo que cuesta hacer, aunque sea, un pequeño e inofensivo programa. Por cierto, abajo de la foto de Margaret Hamilton están las fotos de mis diplomas de aquellos eventos. Lo acepto, soy un papirófago, guardo papeles a diestra y siniestra. Mi esposa siempre me reclama eso.

Margaret recibió en 2016 la Medalla Presidencial de la Libertad, el mayor reconocimiento civil de Estados Unidos, por sus aportaciones a la informática y a la exploración espacial.

La historia de Margaret Hamilton nos recuerda que los grandes avances no siempre ocurren frente a las cámaras. Muchas veces suceden frente a una computadora, resolviendo problemas que nadie más había imaginado.

Para llegar a la Luna no bastó con construir el cohete más poderoso de la historia. También fue necesario escribir el software capaz de llevarnos hasta ella, eso, mis amigos, también es explorar el Universo. 

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