Mis queridos Amigos de Newton. Aquí su astrofísico de cabecera reportando las noticias que sí importan.
La primera vez que escuché hablar de los agujeros negros no fue en un documental ni en un libro de ciencia. Fue una tarde, cuando era niño, viendo las caricaturas de Los Súper Amigos. Recuerdo perfectamente que un agujero negro se acercaba peligrosamente a la Tierra, y ahí comenzaba la aventura con Superman, Batman y el buen Samurai. En ellos recaía salvar al planeta.
Aquella historia estaba muy lejos de la realidad, pero me impactó bastante. Podemos estar tranquilos. Hoy sabemos que los agujeros negros no andan vagando por el espacio tratando de engullir planetas azules como el nuestro. De hecho, en el centro de nuestra propia galaxia existe uno gigantesco llamado Sagitario A. Tiene una masa equivalente a unos cuatro millones de soles y se encuentra a unos 27 mil años luz de la Tierra. Está tan lejos que no representa ningún peligro para nosotros.
Lo primero que debemos saber es que, antes de ser descubiertos, los agujeros negros fueron predichos por la teoría de la relatividad general de Albert Einstein, publicada en 1915. El mismo Einstein nunca estuvo completamente convencido de que pudieran existir realmente. El Universo, una vez más, nos sorprendió.
Pero ¿qué son realmente los agujeros negros y dónde se encuentran? Cuando escuchamos ese nombre, es fácil imaginar un inmenso remolino cósmico devorándolo todo a su paso. La realidad es diferente. Un agujero negro no es un agujero. Es el cadáver de una estrella gigantesca.
Las estrellas gigantes viven durante millones de años en un delicado equilibrio. Su enorme gravedad intenta aplastarlas constantemente, mientras que la energía producida por las reacciones nucleares en su interior empuja hacia afuera. Es una auténtica batalla entre dos fuerzas increíbles.
Pero ningún combustible dura para siempre. Cuando una estrella muy masiva agota su combustible, la gravedad finalmente gana la batalla. La estrella explota en una espectacular supernova y su núcleo colapsa sobre sí mismo. La materia queda comprimida de una forma tan extrema que nace uno de los objetos más extraños del Universo: un agujero negro.
Su gravedad es tan intensa que ni siquiera la luz puede escapar de él. Por eso no podemos verlo directamente. Lo descubrimos porque observamos cómo afecta a las estrellas y al gas que lo rodean.
Algo sorprendente es que los agujeros negros no son aspiradoras cósmicas. Si nuestro Sol fuera reemplazado por un agujero negro con exactamente la misma masa, la Tierra seguiría girando en la misma órbita. Lo único que perderíamos sería la luz del Sol, que hace posible la vida en la Tierra.
Por cierto, hace poco logramos algo que parecía imposible. Pudimos tomar la primera fotografía de un agujero negro. Esa imagen histórica la incluyo en la portada de esta cápsula fue presentada en 2019. Pronto hablaremos en detalle de cómo se logró, del enorme desafío técnico que representó y del papel fundamental que jugó la científica Katie Bouman, una científica clave en este logro.
Aunque en las caricaturas los agujeros negros venían a comerse la Tierra, en la vida real cumplen un papel mucho más fascinante. Hoy sabemos que prácticamente todas las galaxias grandes albergan un agujero negro supermasivo en su centro. Estos gigantes invisibles influyen en la evolución de sus galaxias y ayudan a moldear el entorno galáctico a lo largo de miles de millones de años.
A veces olvidamos que el Universo tiene la curiosa costumbre de mostrarnos que lo que más nos aterra suele guardar algunos de sus secretos más extraordinarios. Y créanme, lo más extraño de los agujeros negros ni siquiera es que la luz no pueda escapar de ellos. Pero esa es una historia para otra cápsula.
No olvides pasear tus ojos por: Archivo de luz: Galería estelar
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