Mis queridos Amigos de Newton. Aquí su astrofísico de cabecera reportando las noticias que sí importan.
Continuando con la serie de cápsulas sobre cinco mujeres que transformaron nuestra forma de entender el Universo, hoy hablaremos de Katie Bouman.
La primera fotografía de la historia fue tomada en 1826 por Joseph Nicéphore Niépce. La tituló Vista desde la ventana en Le Gras. Es una foto gris. Tienes que verla durante varios minutos para poder empezar a entenderla. Su autor la tomó desde una ventana y necesitó varias horas de exposición para captar la imagen sobre un primitivo material fotosensible. La anexo al post para darnos cuenta del enorme salto que hemos dado en la tecnología fotográfica.
Hoy podemos congelar el tiempo con una leve presión de nuestro dedo sobre la pantalla del celular. Nuestra curiosidad nos ha llevado a desarrollar la tecnología suficiente para fotografiar algo que hasta hace poco creíamos imposible de observar: un agujero negro.
La primera imagen de un agujero negro nació de una pregunta, de miles de horas de observación y de la ayuda de algoritmos.
En 2019 nos maravillamos viendo por primera vez la sombra de un agujero negro. Era un objeto monstruoso y supermasivo situado en el centro de la galaxia M87, a unos 55 millones de años luz de nosotros.
Esto fue posible gracias a la colaboración de más de doscientas personas. Entre ellas se encontraba Katie Bouman, una joven científica de apenas 26 años, especializada en visión por computadora. Su trabajo consistía en desarrollar métodos computacionales capaces de reconstruir una imagen a partir de una cantidad inmensa de datos obtenidos por radiotelescopios distribuidos por todo el planeta. Es importante decirlo con claridad: Katie Bouman no tomó sola la fotografía del agujero negro. Fue un gigantesco esfuerzo internacional en el que participaron astrónomos, ingenieros, matemáticos, físicos e informáticos.
Su contribución formó parte del enorme desafío de convertir aquellos datos en una imagen confiable y comprobar que lo que estábamos viendo no era producto de un error o un capricho del algoritmo.
Me asombra que la ciencia moderna ya no dependa únicamente de mirar al cielo. Hoy también depende de escribir código, diseñar algoritmos y encontrar patrones escondidos entre cantidades monstruosas de información. En cierto sentido, los telescopios ya no solo tienen lentes: también tienen matemáticas.
Hay una canción de Pink Floyd que me viene a la cabeza cuando pienso en este logro científico. Se llama Time y dice que el Sol es el mismo, de una forma relativa, pero tú eres más viejo. Y así es. Desde aquella primera fotografía de Niépce han pasado doscientos años, apenas un instante para el Universo. El Universo sigue ahí; somos nosotros y nuestras herramientas para comprenderlo los que hemos cambiado un poco.
En ocasiones un descubrimiento comienza con un espejo de diez metros. Otras, con una línea de código escrita por alguien que no sintió límites ante una información etérea y gigantesca.
Me encanta la foto de Katie abrazando aquellos discos duros. De alguna forma me recuerda a Margaret Hamilton posando junto a las pilas de código del software que ayudó a hacer posible el alunizaje del Apolo 11.
Entre aquellas dos fotografías hay medio siglo de distancia. En una, una mujer aparece junto al código que ayudó a llevarnos a la Luna. En la otra, una mujer abraza los datos que nos ayudaron a mirar la sombra de un agujero negro.
¿Cómo será la próxima fotografía icónica de una mujer? ¿Con qué posará para mostrarnos su nueva aportación a la ciencia?
Entenderlo no lo hace menos mágico.
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